Podemos definir la felicidad como un estado consciente de ser y crecer. Implica equilibrio interno y sintonía con el mundo que nos rodea. Felicidad entonces, es vivir en armonía interna y externa, de acuerdo a nuestra particular y específica condición humana.

Hay un mal entendido que comúnmente nos extravía en la búsqueda de la felicidad, es la cuestión del placer. Felicidad no es placer. Placer es el efecto que experimentamos como consecuencia de llenar una necesidad. Mientras más intensa y urgente séa la necesidad, más placer experimentamos al satisfacerla. Tengo hambre o sed y me sirven mis platos o bebidas favoritas y disfruto placenteramente, pero superado el hambre o la sed ya no querré seguir comiendo o bebiendo aquello que es de mi especial adicción. Y si por alguna razón me viera obligado a seguir comiendo o bebiendo mis manjares o bebidas favoritas, superado ya el hambre o la sed, me sentiré muy mortificado y desdichado.

La necesidad satisfecha en mayor o menor tiempo se reitera, se repite la desazón, la angustia, la compulsión; se repite la frustración o el dolor de no llenarla o el placer de lograrlo. Satisfacer necesidades es en general superar el stress o el estado de alarma visceral o psicológico que produce la necesidad misma. De manera que si no existe la necesidad, no existe el dolor de no satisfacerla ni el placer de lograrlo. Si disminuirnos nuestras necesidades, disminuimos el jugueteo distractivo con el dolor y el placer que ellas mismas determinan. Pero en vez de mantener o disminuir nuestras necesidades las estamos multiplicando espectacularmente todos los días. Llegamos a convertir nuestros deseos en necesidades y agregamos la impaciencia por
satisfacerlas.' Eso nos hace desdichados y angustiados. Así caemos en una gran confusión y perdemos de vista la posibilidad de encontrar la felicidad, que como hemos dicho antes, es un estado consciente de ser y crecer, sostenido como una predisposición permanente de vida y no como un estado momentáneo o eventual.
Cuando satisfacemos necesidades logramos migajas de bienestar, pero al mismo tiempo aumentarnos la necesidad, que se reitera con más intensidad, y al mismo tiempo nos ubicamos en un plano distante de la búsqueda de la felicidad.

Fluye de lo anterior como consecuencia, la necesidad de disminuir nuestras necesidades en lugar de estar continuamente acrecentándose, y surge la pregunta ¿Hasta qué punto disminuirlas? Creo que el límite de la disminución de las necesidades es la barrera de las condiciones de vida, dentro de un marco de austeridad y frugalidad. Aire, agua, comida, ropa, vivienda, comunicación, identidad, libertad, espacios de desarrollo, han sido mal llamados necesidades básicas. No son meras necesidades por muy básicas que se declaren sino que son condiciones reales y absolutas para la vida humana misma y sus deterioros o déficits tienen que, merecer la atención preferente de, todos y de cada uno, porque constituyen el firme cimiento para que todos podamos caminar hacia un encuentro con la felicidad.

A este propósito recordemos el conocido cuento oriental del Rey que buscaba la felicidad. Este Rey era muy desdichado a pesar de su poder y sus riquezas. No era temido por sus súbditos, era respetado y amado, y pese a todo éste se sentía desgraciado. Consultó a un sabio para que le diera alguna solución y éste le recomendó que buscara en su reino o en los vecinos a un hombre que fuera feliz, le pidiera su camisa y se la pusiera. Así lograría la felicidad.

El Rey salió a recorrer su reino con un numeroso séquito y en todos los rincones indagaba personalmente para encontrar a un hombre feliz. Pasaban los días y los meses y no obtenía resultados. Desesperaba ya el Rey cuando de pronto, en una calurosa tarde se encontró con un campesino muy pobremente vestido que trabajaba afanosamente. El Rey se detuvo y le dijo: ¿Sabes de alguien en la vecindad que se sienta feliz? El campesino suspendió su trabajo y le contestó: Señor, yo soy un hombre feliz. Se sorprendió el Rey y se llenó de regocijo, por fin había
encontrado lo que buscaba. Lo interpeló diciéndole: Sabes buen hombre, yo soy el Rey. Necesito tu camisa. Te daré todo el dinero que quieras, pero entrégame tu camisa. Majestad, contestó el hombre. No tengo camisa, que recuerde, nunca he tenido camisa.
Lamentablemente este bonito cuento ha sido mal interpretado o bien intencionadamente manipulado para tranquilizar a los pobres diciéndoles que tanto más trabajen y más pobres sean, más cerca estarán de la felicidad. ¡Qué bellaquería! Trabajar por las propias manos, vestirse de acuerdo al trabajo que estamos realizando, comprar lo que realmente necesitamos en vez de comprar cosas superfluas o que nos resulten inútiles, no es signo de pobreza. Tener discernimiento y sentido práctico y no caer en el consumismo no es ser pobre. El campesino del
cuento no era pobre. La pobreza no puede ser fundamento para la felicidad. Nadie puede ser feliz con hambre, frío, soledad o enfermedades.

Pero definitivamente las expresiones o aspiraciones propias de la felicidad para vivir se hacen individuales, una vez logradas las condiciones de vida mínimas ya comentadas, puesto que todos vivimos diferentes momentos de madurez y evolución. Por tanto la regimentación, y las tentativas masificantes a cualquier nivel, que desembocan en el hombre número, en el hombre robot perfectamente bien mantenido, por bien intencionadas que sean, no pueden construir el andamiaje para la felicidad de cada uno en un grupo o comunidad humana.

LA BUSQUEDA DE LA FELICIDAD. LA CONFUSION DEL PLACER

¿Es posible encontrar la felicidad en este juego de circunstancias que llamamos la vida terrena? 0 es una postulación para el más allá? Digámoslo categóricamente desde ya.

Es perfectamente posible ser felices en el aquí ahora, en nuestro propio rincón, en nuestras particulares condiciones de vida.

El impulso a la felicidad permanece latente en cada uno de nosotros. El ansia de lograrla motiva todas nuestras acciones. Es el superior sentido de la vida humana. Si tenemos vocación de felicidad es porque tenemos capacidad de ser felices. Anhelamos, soñamos y buscamos sólo todo aquellos que es posible, que está en nuestras capacidades, en nuestras aptitudes. El derecho a la felicidad es el primero y más importante de los derechos del hombre, y probablemente los resuma en todo su espectro y variantes. Como de costumbre, diremos que es muy práctico definir el objeto de nuestro análisis, de nuestra discusión, o de nuestra búsqueda, en este caso, la felicidad.