

El cambio interno debe ir a la par con el cambio externo. Son nuestras acciones las que mantienen la relación con el cambio externo, que marca el proceso de la evolución. Tras nuestras acciones están nuestros pensamientos que también tienen que cambiar. Si no cambiamos permanentemente y vamos cambiando nuestro pensamiento, nos desfasaremos del cambio global, perderemos la integración, seremos marginales.
La actitud y la predisposición conservadora traducen esa ruptura entre el cambio interno y el cambio exterior. Por tanto es positivo para nosotros mismos que estemos dispuestos a cambiar nuestras acciones y nuestros pensamientos más irreductibles, especialmente cuando generan conflictos en nuestras relaciones personales y chocan con la moral que sirve de base a nuestra cultura y que sí que es permanente.
El cambio personal
tiene que ser profundo pero previamente habrá que superar la dualidad
entre el pensar y el actuar.
También será indispensable reconocer los errores en nuestra
percepción pasada para limpiar la mente de restos y desechos, de anclajes
perturbadores. El cambio social, no cosmetológico, sino que profundo,
estructural ,y actualizador, nacerá como consecuencia inevitable de
lo anterior.
Hay un gran tope
para romper el cerco y dar lugar al dinamizador proceso del cambio. Culturalmente
se nos ha inducido en el entrenamiento de la niñez, un No con
miedo con pánico, con agresividad, con encono, con desesperanza, con
ira, con desencanto, es decir un NO sobrecargado de potentes emociones
negativas en lugar de un NO racional, reflexivo, y bien fundado.
El SI que hemos aprendido guarda reservas y desconfianza y también
es entonces emocional. Necesitamos que nuestro SI sea prudente.
Neutralizando la emocionalidad del SI y el NO que hemos estado
usando nuestras decisiones frente al cambio interno y externo cada vez más
nutrido serán más objetivas y realistas.
Nuestro SI será fundamentalmente de aceptación y de integración.