En la revista "The Clinic" del 4 de marzo del 2004, pag 29, avisa el artista plástico Eugenio Dittborn un "Taller de Pintura", con los datos respectivos.
Nos toco conocer a Eugenio Dittbon, y participar en su taller, a capítulo de "Hacer Universidad dentro de la universidad"; subversión de la Institución del Arte durante la época del Régimen.
Época
de los 80s; el Arte volvía a la materia luego de su aciago periplo
por los recovecos conceptuales de los lúgubres años 70s; baja
Edad Media de Chile. De manera que nuestro ingreso a la Actividad del Arte
se vio marcado por la experiencia de los sentidos; y a la pintura en particular,
como goce de la materialidad.
Por aquel entonces el estandarte lo llevaba la Trasvanguardia como retorno
triunfal a la tela, en ristre de celebridades y vacas sagradas de la Escuela
de Artes de la U. de Chile, que surcaba a todo lo largo la escena nacional
del Arte, como expansión y registro.
En ese contexto llegó Eugenio Dittborn, -hombre Católico- como
continuador de las experiencias del Arte de la década anterior, con
sus operaciones de Arte Postal y Correo. Y como trabajo de rescate de imágenes
fotográficas, olvidadas en los anales del registro social, de sujetos
sindicados como auténticos bandoleros del campo chileno - campo como
experiencia-, que quedaron dormidas en el fichaje de la textura policíaca
de renuncias y comparecencias, en donde la historia finalmente los olvidó.
Dittborn se da entonces a la tarea de reeditar tales iconografías,
en maniobras de troza y trasbordo. Y traza con sus presentaciones, mapas de
recorrido en acciones del Arte entendidas en movimiento: desembarcos fugaces
y reciclaje, generando elementos de lenguaje que alimentaba el zoológico
de las inflexiones ontológicas y políticas en torno al fenómeno
artístico, como acto de sedición abierta o solapada, contra
la bota que nos sojuzgaba entonces.
De más esta decir que sus maquinaciones y galimatías verbales,
de asentamiento y legitimidad de sus prácticas, quedaban como parte
de las actividades del Arte de los 70s; y luego en los cándidos 80s,
Alta Edad Media de Chile; no hacía sino insistir en un discurso que
para ese entonces resultaba inoportuno y casi de mal gusto. Y no expresaba
de buena manera las pulsiones del desasosiego colectivo que en ese momento
atravesaba el territorio de las contenciones.
O sea, fome.
Dittborn formo parte central del libro que abre a la reflexión sobre los gestos de la escena artística de los 70s -junto a la Tesis de grado de filosofía de Alvaro Oyarzun- del Arte como operación de conceptos, tensando el hilo desde la punta más abstracta. Nos referimos al libro del Ronald Kay "DEL ESPACIO DE ACA" que se plantea justamente "a partir de la pintura y la gráfica de Eugenio Dittborn" y que abre la escotilla para atisbar "señales para una mirada americana" sobre registros, fichajes, extractos, placas de impresión y recabos de aquellos que dieron su vida en la conquista de una mejor vida. Trayéndolos al presente y haciendo del objeto del Arte expresión del anhelo común hacia las aspiraciones, y en particular las aspiraciones americanas.
Dice Dittborn en su "Caja de herramientas":
1. Debo mi trabajo a la adquisición periódica de revistas en desuso, reliquias profanas rezagadas, en cuyas fotografías se sedimentaron los actor fallidos de la vida pública, roturas a través de las cuales se filtra, inconclusa la actualidad;
4. Debo mi trabajo
al offset y a la fotoserigrafía, medios de reproducción que
posibilitaron el traslado de fotos privadas, así como de fotos encontradas
en diarios y revistas, hasta el campo pictórico y gráfico, reescenificando
dichas fotografías y posibilitando así su re-lectura y revisión;
9. Debo mi trabajo al empleo de proverbios , definiciones, adagios, canciones,
frases hechas, letanías, adivinanzas, estrofas, textos todos encontrados
hechos en el habla y en la escritura que al igual que la fotografía
pública son moneda corriente, luceros apagados y tránsito, lugares
comunes;
En donde da cuenta del sedimento de donde surgen sus operaciones de dragado y recomposición. Y de dónde, la sistematización que teje otras relaciones espacio-temporales de pasiones y frustraciones en desaguisado.
Pero esta reflexión
se gesta y precipita a partir de una actividad que nos toca en lo personal
y que nos liga indisolublemente a la historia del Arte; la pintura.
En aquella época apolitica en que pudimos acceder a la enseñanza
y estudio del Arte, se presentaba a la pintura y a la historia que la sustentaba
en sus reconcomios y resonancias, como foco de atenciones, reacciones y deserciones
de ella en si como Arte fundamental. Si bien otras expresiones, como las temidas
Acciones de Arte, Performances o las hoy en boga Instalaciones, se abrían
paso, era en las veras de su actividad, gozosa de ese eximio e inabarcable
talento, que la reflexión se desplegaba.
Pues hablar de pintura al óleo, era hablar de la historia de occidente.
Aprendimos la
técnica y oficio cuando era sacramental, cuando el pintar bien era
más importante que el discurso asociado; cuando no importaba qué
sino cómo, ya que por esos desfiladeros transitaba el rollo del Arte
en edipianas relaciones de fondo y figura. Y como contrapunto al avance tecnocrático
que marcaba el devenir de los hechos mundiales.
Luego en los 90s y ahora en los comienzos de una nueva época, la pintura
como oficio ha quedado relegada a un exilio de catacumbas;
"ya no se pinta",
"solo las viejas pintan flores",
"pastiches Plaza de Arma",
"fatuidad",
expresión de la esquizo-oligofrenia oculta, signo de la decadencia
de las aspiraciones. Facha y defunción.
Y entonces surge Dittborn con su cartel "Taller de Pintura" que
se plantea extemporal como en aquella época; y su conspiración
se nos antoja lacerante y subversiva. Asoma la mano para decir de la pintura;
sobre relego y olvido, de apartheid, de oficio catacumbero, de salto atrás.
(Revancha de los que no tienen pulso y que en el caos de escena pueden hacerse
de un lugar en el tablado, basado en un discurso de acomodo y apropiación).
Este aviso no
resulta curioso, ya que se presenta en el rigor semántico de las obras
de Dittborn; todo negro con letras blancas -y solo letras-, que dan cuenta
de un nuevo acometido de Dittborn, en un hecho discursivo que centra en el
rescate y la presentación de los márgenes como trascurso de
cambalaches y deseos; territorio de intercambio de pretensiones y apetencias;
de sueños y quebrantos.
Nos toca -digo-, porque a contrapelo de nuestra generación, nos hemos
recluido monásticos y pertinaces, a ejercer nuestra legitimidad como
pintores de oficio, en talleres al fondo de la ciudad, a convivir con el Acto
y la Historia, y con el fantasma de nuestros mentores; como nuestro querido
Adolfo Couve, que antes de acabar con su vida, nos lego la dulce ansia de
la Pintura.